Autor: Melchor Gurruchaga

Convivir con incertidumbres

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Hace muy pocos días tuve la oportunidad de leer sendas entrevistas a cuatro premiados con el Nobel de Economía entre los años 2007 y 2016. El objetivo de las mismas era escrutar su visión acerca de los grandes retos que, en el ámbito económico, la humanidad deberá afrontar en los próximos lustros.

Empezaré por el final diciendo que, como tónica general, la visión compartida es básicamente negativa. Cierto que ni siquiera ellos disponen de “una bola de cristal, por más que los políticos les pidan respuestas” (Lars P. Hansen. EE.UU 1952), pero la dinámica de las cosas y la evolución de la actividad humana dibuja un panorama incierto e inquietante.

Todos ellos hacen referencia a problemas fáciles de intuir y que, sin necesidad de ser un especialista, cualquier persona informada puede tener conciencia de ello. Una creciente consolidación de la desigualdad y la pobreza, la existencia de comportamientos y actividades económicas con gran impacto en el clima, diversos populismos florecientes a la sombra de salarios que apenas permiten la subsistencia, una insólita escalada en el desafío de la potencial utilización de armamento nuclear,…… son algunas de las mayores incógnitas a las que nos enfrentamos a estas alturas del siglo XXI.
Pero ha habido algo en la lectura de sus previsiones que me ha dejado fuertemente impactado. Ello ha tenido que ver con la afirmación de que “grandes sectores de la población no van a tener un empleo nunca más”. (Oliver Hart. Londres 1948).

¿Riesgos de la automatización?. Por supuesto. Quizá vayamos camino de una nueva Revolución Industrial en la que su resultado final haga más ricos (por productivos) a los países que mejor la ejecuten, pero pueda crear unas bolsas de pobreza hasta ahora desconocidas; incluso afectando a muchos profesionales cualificados que pueden ser expulsados por las maquinas del mercado laboral. Quizá esta circunstancia dé sentido a la idea de que “la educación deberá enseñarnos a desvincular nuestros trabajos de nuestras identidades”. (Erik Maskin. New York 1950). Quizá veamos profesiones hoy poco valoradas que adquieran un extraordinario valor fruto de los cambios demográficos y de comportamiento a los que estamos abocados.

 La Historia demuestra que la civilización habitualmente ha encontrado formas (no siempre felices) de reajustar sus desequilibrios y que de algunas de sus crisis más profundas supo salir fortalecida; por más elevado que fuese el precio a pagar. Parece indudable que en un futuro inmediato (si es que ya no está aquí), la actividad laboral justamente remunerada puede ser un bien escaso. De ahí quizá la afirmación de que “vamos camino de la semana laboral de 26 horas” (C. Pisssarides. Chipre 1948).

De momento, y aunque sea en un vano intento de aferrarme al presente, prefiero convivir con la idea de que todo el mundo debe tener el derecho al éxito profesional si estudia y trabaja con determinación. Más aún si cuenta con una buena idea. Sería un gran problema social si prendiera la visión de que las oportunidades de mejora no guardan relación con el talento de las personas, la formación y, sobre todo, con la capacidad del esfuerzo individual y colectivo.
 

Melchor Gurruchaga
Consejero Delegado de Bamboo Venture Capital.